¿Sabes que pensaba Aristóteles de la felicidad?

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Antes de que existieran los libros de autoayuda y de cierta obsesión por ser felices, los filósofos de todos los tiempos ya se preguntaban qué nos podía causar felicidad. ¿Pero cómo la entendían? ¿A qué se referían? Básicamente a estar bien. Tradicionalmente los pensadores han sido considerados como hombres pesimistas y atormentados (Nietzsche, Schopenhauer son algunos ejemplos) en relación al mundo, pero quizá menos a su vida particular.

Emprender un viaje sobre la felicidad que trataron los pensadores de los últimos 2500 años se antoja largo y con muchas consideraciones, por lo que sólo me centraré en la filosofía antigua y en un pensador que trató el tema. Aparte queda considerar si la felicidad es como afirmó el pensador Josep Muñoz Redon,“un mito que los seres humanos nos hemos construido para soportar la abrumadora realidad del día a día”. Cada autor lo enfocó de una manera, basándose en lo novelesco, utópico, psicológico, etc.

Quizá hoy en día se le dé demasiada importancia al tema de la felicidad o se haya convertido en una manera de ganar dinero a cambio de “aprovecharse” de la incapacidad para resolver problemas personales. Sea como sea, la filosofía no hace terapia, muestra sus cartas. Vamos a ver las de Aristóteles.

Aristóteles se interesó por casi todo, por lo que no es de extrañar que también hablara de la felicidad. La eudaimonia (felicidad) para el pensador griego es el bien supremo del hombre supremo que la busca por sí misma, no como medio para conseguir otros fines. Según él, para las personas diferenciamos tres maneras de vivir; la vida voluptuosa, la vida política y la vida teórica. Ésta última simboliza la forma verdadera, pues la sabiduría también es un camino para alcanzar la felicidad. Poseer la areté o virtud pública que conlleva la falta de deseo es sinónimo de bienestar, lo que no implica que se disponga de bienes necesarios que garanticen la comida, salud y otros cuidados.

Esa búsqueda de sabiduría apoyada en la areté que da la felicidad significa acción, no simplemente conocimiento, por eso los niños ni los animales pueden ser felices, pues carecen de esa visión no sólo contemplativa. Esa práctica encuentra el equilibrio en la ética, la cual tiene sus anclajes en el comportamiento de la vida cotidiana, es decir, en los hábitos. A través de acciones diarias llegaremos a la felicidad, lo que, curiosamente, nos recuerda más de dos milenios después, la psicología conductista que, en algunos aspectos, aconseja no cambiar los pensamientos e ideas, sino la práctica, asegurando que cambiará nuestra mentalidad.

Si quieres cambiar, actúa como si el cambio ya se hubiera producido. Cambia de actitud y cambiarás de conducta. Cambia de conducta y cambiarás de actitud.”

Y esto se circunscribe y se expande a cualquier ámbito de nuestra vista; amigos, pareja, hijos y en la época del sabio griego… esclavos,

Aristóteles no duda de algo fundamental que heredará la posterior filosofía helenística, en la creencia de que el ser humano es capaz de conseguir ser el capitán de su barco, es decir, de su vida, aunque a finales de la antigüedad clásica esa fe estaría en entredicho.

Y, tras todo esto, ¿Fue Aristóteles feliz? Pues según las crónicas así parece, por un lado, era una persona con los pies en la tierra, organizada en torno a su familia, de los que atendía; una joven mujer, hijos, un sobrino y esclavos. Además disfrutaba de un patrimonio conformado de varias casas, dinero e incluso numeroso doméstico.

Si bien es verdad que las comodidades no conllevan ser feliz, la falta de ellas no puede suponer la eudaimonia. Estos dos aspectos se completarían con la sabiduría. La única adquisición de ella no garantiza la felicidad, sino se ve relacionada con un favorable entorno. La clave se encuentra en el equilibrio de esos hábitos diarios compartidos, como la amistad y la familia con otros más particulares y solitarios, como el estudio.

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