La felicidad y Aristóteles

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Antes de que existieran los libros de autoayuda y de cierta obsesión por ser felices, los filósofos de todos los tiempos ya se preguntaban qué nos podía causar felicidad. ¿Pero cómo la entendían? ¿A qué se referían? Básicamente a estar bien. Tradicionalmente los pensadores han sido considerados como hombres pesimistas y atormentados (Nietsche, Schopenhauer son algunos ejemplos) en relación al mundo, pero quizá menos a su vida particular.

Emprender un viaje sobre la felicidad que trataron los pensadores de los últimos 2500 años se antoja largo y con muchas consideraciones, por lo que sólo me centraré en la filosofía antigua y en un pensador que trató el tema. Aparte queda considerar si la felicidad es “un mito que los seres humanos nos hemos construido para soportar la abrumadora realidad del día a día”. (1) Cada autor lo enfocó de una manera, basándose en lo novelesco, utópico, psicológico, ect.

Quizá hoy en día se le dé demasiada importancia al tema de la felicidad o se haya convertido en una manera de ganar dinero a cambio de “aprovecharse” de la incapacidad para resolver problemas personales. Sea como sea, la filosofía no hace terapia, muestra sus cartas. Vamos a ver las de Aristóteles.

Aristóteles se interesó por casi todo, por lo que no es de extrañar que también hablara de la felicidad. La eudaimonia (felicidad) para el pensador griego es el bien supremo del hombre supremo que la busca por sí misma, no como medio para conseguir otros fines. Según él, para las personas diferenciamos tres maneras de vivir; la vida voluputuosa, la vida política y la vida teórica. Ésta última simboliza la forma verdadera, pues la sabiduría también es un camino para alcanzar la felicidad. Poseer la areté o virtud pública que conlleva la falta de deseo es sinónimo de bienestar, lo que no implica que se disponga de bienes necesarios que garanticen la comida, salud y otros cuidados.

Esa búsqueda de sabiduría apoyada en la areté que da la felicidad significa acción, no simplemente conocimiento, por eso los niños ni los animales pueden ser felices, pues carecen de esa visión no sólo contemplativa. Esa práctica encuentra el equilibrio en la ética, la cual tiene sus anclajes en el comportamiento de la vida cotidiana, es decir, en los hábitos. A través de acciones diarias llegaremos a la felicidad, lo que, curiosamente, nos recuerda más de dos milenios después, la psicología conductista que, en algunos aspectos, aconseja no cambiar los pensamientos e ideas, sino la práctica, asegurando que cambiará nuestra mentalidad.

Si quieres cambiar, actúa como si el cambio ya se hubiera producido. Cambia de actitud y cambiarás de conducta. Cambia de conducta y cambiarás de actitud.”

Antes de que existieran los libros de autoayuda y de cierta obsesión por ser felices, los filósofos de todos los tiempos ya se preguntaban qué nos podía causar felicidad. ¿Pero cómo la entendían? ¿A qué se referían? Básicamente a estar bien. Tradicionalmente los pensadores han sido considerados como hombres pesimistas y atormentados (Nietsche, Schopenhauer son algunos ejemplos) en relación al mundo, pero quizá menos a su vida particular.

Emprender un viaje sobre la felicidad que trataron los pensadores de los últimos 2500 años se antoja largo y con muchas consideraciones, por lo que sólo me centraré en la filosofía antigua y en un pensador que trató el tema. Aparte queda considerar si la felicidad es “un mito que los seres humanos nos hemos construido para soportar la abrumadora realidad del día a día”. (1) Cada autor lo enfocó de una manera, basándose en lo novelesco, utópico, psicológico, ect.

Quizá hoy en día se le dé demasiada importancia al tema de la felicidad o se haya convertido en una manera de ganar dinero a cambio de “aprovecharse” de la incapacidad para resolver problemas personales. Sea como sea, la filosofía no hace terapia, muestra sus cartas. Vamos a ver las de Aristóteles.

Aristóteles se interesó por casi todo, por lo que no es de extrañar que también hablara de la felicidad. La eudaimonia (felicidad) para el pensador griego es el bien supremo del hombre supremo que la busca por sí misma, no como medio para conseguir otros fines. Según él, para las personas diferenciamos tres maneras de vivir; la vida voluputuosa, la vida política y la vida teórica. Ésta última simboliza la forma verdadera, pues la sabiduría también es un camino para alcanzar la felicidad. Poseer la areté o virtud pública que conlleva la falta de deseo es sinónimo de bienestar, lo que no implica que se disponga de bienes necesarios que garanticen la comida, salud y otros cuidados.

Esa búsqueda de sabiduría apoyada en la areté que da la felicidad significa acción, no simplemente conocimiento, por eso los niños ni los animales pueden ser felices, pues carecen de esa visión no sólo contemplativa. Esa práctica encuentra el equilibrio en la ética, la cual tiene sus anclajes en el comportamiento de la vida cotidiana, es decir, en los hábitos. A través de acciones diarias llegaremos a la felicidad, lo que, curiosamente, nos recuerda más de dos milenios después, la psicología conductista que, en algunos aspectos, aconseja no cambiar los pensamientos e ideas, sino la práctica, asegurando que cambiará nuestra mentalidad.

Si quieres cambiar, actúa como si el cambio ya se hubiera producido. Cambia de actitud y cambiarás de conducta. Cambia de conducta y cambiarás de actitud.”

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