¿Qué sabes del mundo swinger?

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Un fenómeno moderno es la aparición de clubs de swingers, es decir, lugares a donde van parejas a tener sexo con otras dúos, ya sea como intercambio, ya sea entre ellos ante la mirada de otros swingers o no. Otra opción es acariciar, tocar tanto activamente como pasivamente. Incluso se puede observar y no hacer nada más. Nadie está obligado a nada. Cada swinger marca su territorio y sus acciones como, así también, respeta las condiciones del otro.

Lo ideal hubiera sido confesar mi experiencia para hablar de mi primera mano, pero reconozco que lo que relataré se basa en el socorrido… “Me han contado…” o en las vivencias de una amiga o más objetivamente en el estudio de campo que hizo en su día el divulgador científico catalán Pere Estupinyà que visitó un club neoyorkino con una amiga y que dejó constancia en su libro “La ciencia del sexo”. 

A la entrada suelen recordar a los asistentes las normas por las que se gestiona el local. El sitio se divide en un salón amplio en el que hay música y poca luz, donde se puede bailar (vestido) y está provisto de sofás y barras de bar para pedir alguna bebida, excepto alcohol. A través de un pasillo, se llega a varias salas privadas con o sin gente (algunas grupales) a las que se puede acceder libremente. Esta descripción podría ser de cualquier club.

La gran pregunta es: ¿Cómo nos comportaríamos en el momento de la verdad? Porque una cosa son las fantasías y otra la realidad o la realidad de cada uno. Hasta que no sucede, prácticamente es imposible anticipar una mínima reacción. Esto sucede con cualquier suceso imprevisto sea del tipo que sea. ¿De qué depende? Pues para Estupinyà sin duda de las emociones. En el momento de tomar una decisión podemos experimentar una repentina subida de adrenalina y a la hora de la verdad, sentimos otra emoción y actuamos de una manera más contenida, vamos, que nos echamos para atrás.

Pero la pregunta es: ¿Por qué van parejas a tener sexo con otras personas? ¿Qué buscan? Sin duda, un swinger no cree en la monogamia a simple vista. Punto que me parece interesante porque mi amiga (swinger declarada) cree en ella, pero prefiere revertir el refrán que afirma: “ojos que no ven, corazón que no siente” y adaptarlo a: “Prefiero verlo con mis propios ojos a que lo hagas a escondidas”.  Hay personas más monógamas que otras, pero no es óbice para afirmar que las tentaciones son muchas y una solución puede ser tener sexo con un grupo o con otras parejas casuales. Un swinger le decía a Estupinyà que nuestros antepasados ya eran swingers, pues ese comportamiento sexual es lo más natural, y que no reconocerlo conlleva infelicidad, mentiras y sufrimiento. El científico catalán le contestó que, por la misma regla de tres, “esa selección natural debería obligarle a tener celos, pues el sentimiento de posesión también es ancestral.”

Si no hubiera celos o esa tendencia a no compartir a nuestra pareja no habría ningún problema, pero si son naturales y se quieren olvidar, tanto la psicología como la ciencia nos dan una respuesta. El psicólogo David Buss afirma que los celos son necesarios para potenciar una tensión sexual que incluso se multiplica. Nuestros antepasados tuvieron que trabajarse esa atención hacia la pareja en rivalidad con el macho alfa o la hembra predominante. Esa actitud evolucionó hacia el enamoramiento, el cual tiene un componente de deseo del ser amado que se contradice con la idea de compartir ese amor y ya no digamos la satisfacción de ese deseo. Pero los celos a todas horas y durante mucho tiempo no son sanos, sino que indica inseguridad y una falta de confianza notables hacia la pareja. José Antonio Marina sabiamente se pregunta cómo seguir deseando algo que ya se ha alcanzado. ¿No será que la especie humana siempre seguirá insatisfecha haga lo que haga?

La ciencia nos da pistas, pues según la endocrinóloga Sari Van Anders, la competencia de nuestros antepasados se traduce en niveles más altos de testosterona en swingers y personas poliamorosas que en solteros y casados.

Resulta curioso cómo puede excitar ver a la pareja de uno haciendo el amor con otro o al contrario. Y es recurrente el comentario que, al llegar a casa, la pareja tenga más ganas de hacer el amor a solas, después de una sesión grupal.

Pero volviendo a la pregunta del por qué, los swingers aseguran que esos encuentros sexuales mejoran su relación en vez de empeorarla. ¿Es verdad? Científicamente no se ha comprobado y los estudios no han allanado mucho el camino. El sociólogo Richard Jenks en 1988 se fue a una convención de swingers en EEUU, durante la cual indagó e hizo sus investigaciones, descubriendo que no es oro todo lo que reluce. Años después, terminó publicando sus estudios, en los que, sin duda, para la pareja suponía un reto y que si bien, podía causar separaciones, muchas parejas eligen esta práctica para romper moldes y convencionalismos sociales y vivir nuevas experiencias, más que solucionar carencias y deseos insatisfechos por parte de su tándem. En resumen, todo se fundamenta en una buena compenetración de los dos, (lo siento, pero no pude evitar el juego de palabras).

Un tema controvertido es el que, a pesar de las medidas higiénicas, sí que ha habido más contagio de enfermedades sexuales, el gran obstáculo con el que pueden tropezar los swingers.

Falta por desentrañar un último punto, ¿tienen razón los que opinan que este comportamiento es mejor porque es más natural? Cuando se identifica lo “más natural” con bueno estamos cayendo en un error, porque la moral y las normas éticas según Estupinyà (y comparto su razonamiento) deben estar por encima de visiones evolucionistas, ya que pueden defender ideas xenófobas, racistas y comportamientos asquerosos y delictivos como la pedofilia, arguyendo que es algo natural.

 

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