Las mascar(illa)s y el teatro (1ª parte)

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Tras dos meses de confinamiento obligado, retomo el blog para reflexionar sobre un nuevo fenómeno que ya estamos viviendo, como es el uso justo y necesario de mascarillas.

En el teatro ya eran conocidas desde hace más de dos mil años para representar los diferentes personajes. ¿Y hoy? ¿No se trata de un nuevo ingrediente para seguir representando la obra teatral más larga que se ha visto en los últimos años? Y, cuando me refiero a “obra teatral” estoy hablando de un suceso extraordinario, donde lo que era habitual ahora ya no lo es. La normalidad tardará en llegar, y, mientras tanto, continua la función.

La etimología de la palabra máscara hay que buscarla en el griego, la que nos conduce al significado de persona. Por tanto quien se pusiera un máscara representaba a una persona. Sin embargo, la actual expresión “llevar una máscara” no es sinónimo de ser humano, sino aparentar, engañar. En este sentido, se podría traducir como “engañapersonas” o en última instancia: engañabobos. Claro que habría que detallar que hasta ahora esa máscara era metafórica. En estos momentos existe y es tan real que convive con nosotros llevándola más o menos resignados.

Persona ha dado lugar a personalidad, rasgos que caracterizan a alguien y que cambian poco a lo largo de la vida. (1). En el teatro las máscaras sirven para ocultar/mostrar otro carácter o personajes

Desde tiempos ancestrales ya se utilizaban para representar ceremonias sagradas, rituales que se relacionan con mitos y cultos tradicionales. Para bucear en su esencia, deberíamos diferenciar entre el objeto, obra de arte y su papel comunicante entre los mortales y los dioses que confirmaban sus creencias. Para ello la máscara era un elemento vivo, como dice un proverbio coreano “la máscara por sí misma tiene vida, la que no se utiliza permanece en estado de coma”. Sin cara la máscara no existe. ¿Con qué objetivo? ¿Para ocultarse? ¿Para identificarse? ¿Transformarse o encarnarse en otro ser? Depende de la ceremonia prevista, así, la máscara se puede dividir en tres grandes grupos: la ritual, la teatral y la festiva. (2)

La ritual simboliza al totem, al mito en el ritual mágico que sirvieron para transmitir sus cultos, sus tradiciones culturales y normativas. En sociedades primitivas la máscara es la protagonista de rituales iniciáticos en importantes momentos de la tribu, paso a la edad adulta, mejorar las cosechas, conseguir coraje en épocas belicosas, sanaciones, fiestas, etc.

Según regiones y zonas, las máscaras fueron más solemnes y perfiladas o más impresionantes y de mayor tamaño mayor (más que el de una persona) lo que cambiaba la voz y su perspectiva, dándole un carácter gracioso, terrorífica, grotesco, animal, etc.

En algún momento de la historia el rito sagrado se convirtió en un espectáculo teatral, que, seguramente, convivió durante un periodo, hasta que, alrededor del siglo VI a.C en la Grecia clásica irrumpió Tepsis y su carro en las fiestas dionisíacas. A partir de entonces, nació el teatro con sus teatros fijos, donde se mezclaría la obra teatral y el ritual ceremonioso.

La máscara, por su parte, formó parte del teatro junto con otros objetos característicos como pelucas, vestidos, coturnos para dar más visibilidad al actor, pues se situaba en la escena, alejada de los gradas ubicadas en zonas superiores. También el objetivo era cambiar de personaje junto con su mímica. Más tarde, en época romana, las máscaras no experimentaron cambios notables, a pesar que los gustos de romanos tendieron al género cómico y la diversión.

En otro formato de la máscara ritual, tendríamos a Japón que sigue manteniendo esas danzas y obras teatrales tanto en celebraciones populares como en la selecta corte.

Teniendo en cuenta que quizá el teatro NÔ es el más conocido en Europa, cuya época de esplendor se sitúa entre los siglos XIV y XVII, podemos señalar aspectos de sus máscaras. Eran talladas en madera, realistas, pudiendo representar a hombres y mujeres de edades distintas. Algunos actores se sirven de máscaras de sus antepasados, manteniendo esa aura sagrada. Su tamaño es reducido apto para encajar en el rostro, para ello necesitan almohadillas y que esté inclinada hacia abajo. Las pelucas ayudan a la caracterización del personaje, y, los agujeros de los ojos son tan pequeños que a veces no coinciden con los verdaderos, por lo que pueden interpretar a ciegas, sin perder verdad, ayudándose de certeros y medidos gestos. Y, para terminar, como última curiosidad, los actores también se encargan de los personajes femeninos, sin modificar su voz.

1. La personalidad. José Bermúdez.Ed, Aguilar, Madrid. 1997

2. En el libro El actor oculto, Jorge Varela, Amparo Ruiz. Diputación de Castellón, 1986, optan por extender esta clasificación a Gigantes y cabezudos y carnaval, que me atrevo a incluirlos en la máscara festiva.