Sobre el talento

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¿Deberíamos tener talento para conseguir nuestras metas en la vida, relacionarlos bien con los demás? pero ¿qué es el talento? Pues hasta hace bien poco, tener talento era haber sido elegido por los dioses, estar salvado, estar tocado por una varita mágica. O se tenía o no se tenía.

Yo mismo pensaba eso, y, hace años como estudiante me inquietaba el tema, no de manera obsesiva, pues confesaré que dedicarme profesionalmente al teatro fue casualidad, pero, sí a más de un compañero. Lo descubrí durante un curso intensivo que impartía un profesor argentino. Al acabar una clase, en el turno de preguntas se sucedieron las siguientes cuestiones: ¿Cómo saber si tengo talento? ¿El talento se lleva en los genes? ¿Yo sirvo?

¿Y por qué tanto interés sobre el talento? Porque en las artes y, por extensión a cualquier ámbito (en este caso en el arte dramático), tener talento significa (o tradicionalmente significaba) poseer una naturaleza tal (un don heredado), una excelente genética, etc… que nos permitía triunfar y conseguir el tan deseado éxito (otro término a debatir). Si esto fuera verdad, surgen otros interrogantes, como, por ejemplo, ¿para qué formarse y estudiar? ¿No estarán engañando las escuelas de arte dramático? ¿Qué enseñan entonces? Sencillamente quien vale, vale y quien no, no.

Hay un aspecto que tradicionalmente se ha relacionado con el quehacer de cualquier disciplina artística como la música, la pintura, el teatro y, últimamente en cualquier otro campo que precise una capacidad especial, como en el deporte, en el trabajo, finanzas, etc.

El talento se podría definir como inteligencia, capacidad, habilidad para hacer algo. Pero, la muy sabia etimología, siguiendo los pasos de mi admirado, el filósofo y ensayista José Antonio Marina, nos descubre que el talento también fue una antigua moneda, y encima, importante, pues equivalía a 27 kilos de plata. Y ¿qué tiene que ver esta moneda con la inteligencia? Con una parábola de Jesucristo en el evangelio de Mateo, en la cual un amo deja unos cuantos talentos a cada siervo, premiando al cabal y castigando al negligente.

No es que tuviera más o menos talento el que obrara de manera correcta, porque el talento no es propiedad, sino una acción, en otras palabras, el uso inteligente que se hace de un recurso. Y esto cambia todo, el talento no es pasivo, es activo, no es, se hace.

Recientemente la neurociencia ha ratificado esta teoría, la cual afirma que cualquiera podemos desarrollar cierto talento basándolo en términos menos simpáticos porque implican conseguir algo que cuesta. Trabajo, esfuerzo, disciplina, constancia, automotivación. La siguiente pregunta sería; ¿pero la genética influye? Pues aunque pueda influir, a la hora de explicar lo que es el talento es insuficiente.

Si bien es verdad que la naturaleza de cada uno está ahí y que no todos servimos para lo mismo, en el caso de dominar (tener talento en) cualquier habilidad humana, investigadores como Anders Ericsson y Herbert Simon, entre otros, defienden la regla de los 10 años o de las 10.000 horas. Y sólo entonces podemos hablar del talento, ya que ese mínimo periodo de tiempo es el necesario para la adquisición de una habilidad. Se combinan la aptitud (lo que se sabe) con la actitud (querer saber más y mejorar).

Se ha comprobado que cualquier capacidad proviene de una cadena de fibras nerviosas que transmiten un impulso eléctrico que gracias a la mielina (una lipoproteína que las recubre) hace que la señal vaya a mayor velocidad y no se escapen del circuito. Por lo que, cuando practicamos, la mielina cubre ese circuito neural y cada capa multiplica nuestra velocidad y dominio. Sorprendente ¿verdad?

Para más info:
-La educación del talento; J.A. Marina. Ariel, 2010.
-El talento para quien se lo trabaja; G.Hernández. Artículo. El Pais semanal

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